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Delirio de amor, por Rocío Ruiz

 

“La cabra mecánica” animaba a Diana mientras se tomaba el café, cantándole “tú que eres tan guapa y tan lista, tú que te mereces un príncipe o un dentista…” mientras que el semi despegado post—it de la nevera le recordaba la lista de la compra: yogures griegos light, lechuga y calabacines. Y en una esquina del amarillo papelito, que a las 11h 45 tenía consulta con el otorrino.

 

Soltó la taza, todavía humeante, al recordar que tenía la cita en un par de horas, mientras María Jiménez halagada le respondía a La cabra: “yo que soy tan guapa y artista, yo que me merezco un príncipe o un…

 

—¡Otorrino! es lo que me merezco, que los príncipes azules están desteñidos —le interrumpió Diana.

 

 La cafeína y la música le subían la moral y la autoestima. Viendo que el tiempo volaba se dirigió corriendo al cuarto de baño para arreglarse. Se llevó la melodiosa voz de Serrat al baño, mientras este le contaba la más bella historia que tuvo con Lucía “es una carta de amor que se lleva el viento a ninguna parte a ningún buzón…”

 

 Pintando sus párpados, frente al espejo exclamó: —Si yo fuera Lucía le daba mi dirección, el correo electrónico y hasta mi buzón de voz para que no se perdiera la carta. ¡Es que algunas no saben la suerte que tienen!

 

 El rimel iba aumentando el volumen de sus pestañas y al acercarse al espejo, pegando sus ojos contra él le preguntó: ¿Tú crees que todavía soy tan guapa y artista como afirma “La cabra mecánica”?

 

 Su rostro reflejado en él frío cristal, le devolvió la cruda respuesta, y una lágrima furtiva se resbaló por su cara dejando un surco negro, entre varias capas de maquillaje que intentaban disfrazar las incipientes patas de gallo.

 

 —Bueno pero un poco artista seguro que sí —le dijo mirándolo fijamente—porque arreglarme esta cara es pura restauración y se necesita conocimiento de pintura.

 

 Pintándose de rojo carmín los labios le confesó a su reluciente compañero que era todo oídos: —Si no fuera porque quiero ver al otorrino no saldría de casa. No, no pienses en citas amorosas, la cita es médica, qué más quisiera yo que fuese otra. Estoy loquita por él que ya no sé qué excusa poner para verle, unas veces le digo que me duelen los oídos, otras la garganta o que me molestas las vegetaciones de la nariz, y así entre consulta y consulta soy feliz.

 

Continuaba conversando frente al espejo en un soliloquio que se convertía en plática, por ser su mejor amigo y sobre todo porque siempre la escuchaba y le respondía sinceramente, sin articular palabra.

 

—Es que yo cuando me siento en el sillón y lo inclina para mirarme la garganta y siento su cara tan cerca de la mía... ya sé, ya sé, pensarás que no es romántico y tienes razón, sobre todo cuando me inspecciona las fosas nasales que parece un minero con la lupa en la frente entrando en un túnel… ¡Ay, si no fuera porque quiero volver a verle, sentir sus manos, iba a salir yo en estos días! Tú estás aquí calentito en el baño, ajeno a lo que ocurre en la calle. No te imaginas lo empalagoso que es ver todos los escaparates teñidos de rojo, más rojos que el carmín de mis labios. Que si ositos abrazando rojos corazones, cajas rojas de bombones a montones, y no faltan efímeras rosas rojas esperando a ser compradas a última hora. No, no es ese el San Valentín que yo quiero… ¿Sabes lo que yo deseo? pues que el cartero me traiga metáforas de amor, aunque sean robadas a Neruda.

 

Que no es envidia, te lo aseguro, que yo no quiero bombones, que llevo desde que me comí la última monda de naranja escarchada del roscón de Reyes, probando todas las dietas del herbolario. Ahora que estoy con lechuga y agua, para que me venga a mí uno con una cajita de Mon Cheri y se cargue al primer bombón, los 450 gramos que he perdido en este mes…

 

 Serrat se desgañitaba mientras cantaba “Penélopeee, con su bolso de piel marrón y sus zapatitos de tacón…” retumbando tanto en el baño que hasta el espejo vibraba, mientras en un desgarrador soliloquio Diana continuaba desgranando sus pensamientos a su mudo amigo.

 

—Pobrecilla, esta tiene menos suerte que Lucía, se pasa la vida tejiendo y destejiendo, para que al final no llegue nunca su Ulises. Tú que me miras bien, que me conoces y me escuchas cada día, ¿no crees que se me está pasando el arroz?

 

 Cogió la brocha del colorete y fue dando vida a sus pómulos, Te confieso que yo por un amor de esos que siente el trovador catalán, soy capaz de estar como Penélope sentada en un banco en el andén esperando hasta que llegue el último tren donde regrese mi amor suspirando, añadió: aunque con la suerte que tengo en el amor seguro, que, en vez de tejer sueños en mi mente, si me quedo a que llegue, soy capaz de estar sentada en la estación tejiendo colchas para todos los viajeros de Atocha y que nunca regrese.

 

        El espejo le reflejó su cara que a estas alturas era un poema con el rímel corrido. Ante tal desastre cogió la toalla para volver a lavarse el rostro frotando levemente el espejo que estaba empañado, cuando vio otra figura reflejada en él. Frotó más fuerte con la toalla, para que desapareciese, pero lo vio más nítido todavía. Ante el susto la toalla dio a la radio que saltó por los aires ahogándose Serrat, Lucía, Penélope y todos sus amores en la bañera, aunque el catalán hubiese preferido morir en el Mediterráneo.

 

        Estaba detrás de ella.

 

—¿Por dónde has entrado?

 

—La puerta estaba entreabierta —le dijo el intruso tiritando

 

        El aspecto de él era lastimero. Se quedó muda, observándole de arriba abajo con los ojos como platos.

 

—Cómo te atreves a volver…? Tápate—lanzándole la toalla que llevaba en la mano—que estamos en febrero. Ya sabemos que este año es más suave por el calentamiento global, pero vamos que de ahí a que vayas casi en cueros hay un trecho.

 

 Él quitándose sus pocas pertenencias, enrollándose en la toalla, se dejó caer desfallecido en el sofá.

 

—No me mires con esa cara angelical de quien nunca ha roto un plato, porque platos no sé, pero corazones a montones, en eso te llevas la palma.

 

—Estoy agotado por exceso de trabajo en estos días —le dijo a Diana, mientras le mostraba la rozadura que le había hecho el cuero del cinturón don el peso de la aljaba.

 

—Eso no es nada comparado con mi cuerpo—le dijo ella abriendo el albornoz mostrándole sus cicatrices —Mira como tengo el cuerpo por tu culpa, que se parece al de San Sebastián de Giovani Sodoma, acribillado a saetazos.

 

—No te hagas la mártir —le dijo mientras se quitaba la venda.

 

—Ahora que se estaban cerrando apareces tú para armar otra vez la de Troya. No quiero mitos sino amores reales. Te crees un Dios, pero fallas más que un mortal.

 

 —No te fallaré ahora. Dime a quién quieres que dispare.

 

—A mí ya no me engañas, guárdate tus aires de grandeza y demuéstrame de una vez que puedes acertar conmigo. Ya no te creo, siempre te sale el tiro por la culata, no has dado ni una sola vez en el blanco, Mucho tiro, mucho tiro, pero siempre fallando.

 

 Mientras se iba vistiendo, enfundando sus pies en los zapatos de tacón —le continuó diciendo—Siempre has disparado al que no debes, por tu culpa, quiero y no quiero querer a quien no queriendo quiero y, además, he querido sin querer y estoy sin querer queriendo... ¿me comprendes? Pero tú que vas a entender, si estás en el Olimpo.

 

        Respirando hondamente después del trabalenguas, pensó que la ocasión la pintan calva, y le dijo: —De acuerdo, o aciertas esta vez o me quedo para vestir santos, que te recuerdo que ya tengo cuarenta tacos y se me está pasando el arroz por tu culpa. Dispara por última vez y no alcances a ningún idiota que me traiga rosas que me pinchen, ni ositos mintiendo un I Love you, que yo lo que quiero son abrazos verdaderos y no de peluche. Ni mucho menos amores imposibles, ni Romeos con Julietas, ni Calistos con Melibeas, que para tristezas ya tengo bastantes. Que por tu torpeza tuve que ir al cardiólogo a que me pusiera tiritas a mi pobre corazón, que está más partío que el de Alejandro Sanz.

 

—Y a quién quieres que dispare?

 

—A mi otorrino-laringólogo. Me enamoré desde la primera consulta, y lo que te pido es que le dispares con precisión hoy mismo para que se fije en mí. Solo pienso en él desde que me perforó la membrana del tímpano para ponerme el diábolo. Ahí noté la precisión de sus dedos. Él sí que donde pone el ojo pone la bala. Sus manos son sensuales, su precisión impecable y no como la tuya.

 

        Cogiendo de su ajado bolso de piel marrón, un GPS se lo lanzó al sofá —diciéndole: Modernízate un poco, que te has quedado anclado en el tiempo.

 

 Con la boca abierta, su cara era un punto de interrogación: —Pero ¿qué es este artilugio y para qué sirve?

 

 —Es un sistema que permite determinar la posición de cualquier objeto o persona, con una precisión de hasta centímetros sin fallar. Te vendría como anillo al dedo para tus torpes manos. Ponlo en la punta de la flecha. Demuéstrame que eres tan divino como dices y haz que se enamore de mí que me tiene loquita perdida. Tengo prisa y tu pariente Crhonos no da tregua, así que te dejo la tarjeta de la clínica y la hora de la cita, espero que no falles esta vez. —Posiciona la dirección, y la hora exacta, y cuando el doctor esté sobre mí disparas y zas, nos atraviesas como a un pincho moruno, a ver si alguna vez das en la diana.

 

        Dejando al griego en el sillón, intentando instalar el nuevo artilugio, preparándose para la delicada acción, se dispuso a marcharse a toda prisa y girándose antes de cerrar la puerta le gritó: —Para que te enteres de una vez por todas, lo único que me gusta de los griegos son los yogures.

 

        Ya en la consulta, sentada en la silla le temblaban hasta las canillas.

 

—Dígame dónde le duele exactamente.

 

        Con trémula voz le respondió:

 

—Tengo un nudo en la garganta que no me deja ni respirar.

 

        El doctor inclinó levemente la silla posicionando su cabeza junto a la cara de Diana, a esta se le salía el corazón por la boca y los pómulos se le encendieron como granadas.

 

—Le noto el corazón acelerado quizá tenga hipertensión y a juzgar por sus mejillas, bastante fiebre. Abra bien la boca por si es amigdalitis.

 

        El médico incrédulo ante lo que estaba viendo exclamó: —Señorita Diana, ha tenido usted mucha suerte, debe dar gracias a la vida porque se ha salvado de milagro.

 

—¿Pero que me pasa Doctor?

 

—No son anginas sino un agujero en su garganta. El objeto dejó un orificio de entrada en el costado izquierdo, otro de salida por la garganta. Por suerte no tocó el corazón.

 

—Hubiera dado mi vida porque me lo hubiese atravesado pero el estúpido griego no ha accionado el GPS y la flecha no ha dado en la diana.

 

 El Doctor pidió que le administraran un neuroléptico de liberación prolongada cada veinticuatro horas y se quedase en observación hasta que se le pasasen los delirios.

 

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